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La soledad de la abuela

RICARDO GIL OTAIZA

Amé profundamente a mi abuela materna (la única que conocí), y tuve la fortuna de que su vida fuera muy longeva. Si las cuentas no nos fallan -por aquello de que antes no había mucho control en el registro de la natalidad, mucho menos en la lejana provincia- murió sana a la edad de 99 años. Me impresionaba la tersura y la suavidad de su piel, el que no tuviera ni una sola várice en sus piernas que parecían las de una mujer joven. Ni decir de su memoria: prodigiosa en lo remoto y con algunas lagunas en lo reciente. Con una lucidez extraordinaria. Se acordaba de cada uno de los detalles de su vida juvenil, de la Mérida bucólica, de los grandes personajes locales y nacionales de su tiempo. Suspiraba como una adolescente cuando se acordaba de sus viejos amores, de lo apacible de aquella ciudad, de la ingenuidad y amabilidad de la gente, de las añejas tradiciones de una región profunda, densa en sus manifestaciones culturales.

Aunque ya no salía desde hacía mucho tiempo porque la vista le hacía malas pasadas (y ello representaba un inmenso peligro para su seguridad), mi abuela centró su vida de venerable anciana en su interioridad, en sus recuerdos, y ello no fue motivo alguno para aislarse y romper con su realidad. Todo lo contrario: cuando estaba en compañía de familiares o de amigos gustaba de la amena conversación, de contar anécdotas, de reírse a carcajada batiente por algún cuento hilarante que relataba con minúsculos detalles, con picardía, y con evidente goce estético. La vida la había hecho sabia, visionaria, con un pensamiento que iba más allá de la torpe inmediatez de los más jóvenes, y sus consejos no se hacían esperar para evitarnos dolores innecesarios en la vida. Contábamos con su experiencia de mujer que les parió a mi abuelo y al país -en casa con las fulanas comadronas- casi una docena de muchachos.

Es inevitable, pero con la vejez llegan también la introspección y la soledad. Recuerdo que cuando iba a visitar a la abuela (aunque la llamábamos nona porque a ella le gustaba) entraba sin causar ruido para saber qué hacía durante todo el tiempo; para “espiarla” -si se quiere- en su apacible y lenta cotidianidad (siempre me descubría porque había aguzado el oído luego de perder la visión). La encontraba sentada agachadita en su mullida poltrona, con una mano puesta sobre su bastón, y con la mirada perdida hacia un infinito que tal vez intuía muy cercano. Horas y horas en silencio, posiblemente rememorando pasajes de su vida que le dejaron huella perenne en su memoria. Muchas veces la descubrí tarareando alguna vieja canción, o preguntándose en voz alta por el “paradero” de algunos de sus descendientes, o criticando molesta las “barbaridades” (así mismo decía) que escuchaba a través de la radio o la televisión.

¡Cuánta falta me hace mi nona aun después de tantos años de haberla perdido! Ella era el centro de la familia. A su alrededor giraba la existencia de muchas personas y su figura se hizo con el paso del tiempo emblema de la sindéresis, del equilibrio, del sosiego existencial traducido en la felicidad para todos. Aunque no se le contara los problemas para no atormentarla, ella los intuía, y no descansaba hasta que se le hacía partícipe de ellos, y de su solución.

rigilo99@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 


 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 



 

 

 

 

 


 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 


 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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